En los últimos años, la ciencia ha confirmado algo que desde la Psiconeuroinmunología llevamos tiempo observando en consulta: el intestino y el cerebro están profundamente conectados. Lo que ocurre en uno repercute en el otro. Un episodio de estrés puede alterar la digestión, del mismo modo que una disbiosis intestinal puede afectar al ánimo, la concentración o el sueño.
Comprender este eje intestino-cerebro nos permite ver el cuerpo como un sistema integrado, donde los pensamientos, las emociones y la microbiota dialogan de manera constante. Cuidar la salud digestiva no es solo una cuestión de nutrición: es también una forma de equilibrar la mente y las emociones desde dentro.
Los primeros años de vida determinan la salud de nuestro microbioma. Sin embargo, la vida moderna —la cesárea, los antibióticos, el estrés o los ultraprocesados— está empobreciendo nuestra biodiversidad interior. La ciencia busca ahora la forma de conservar y restaurar esa riqueza invisible que define quiénes somos.
Qué sabemos hoy sobre una microbiota sana
Aunque la ciencia de la microbiota intestinal es aún incipiente, dos décadas de investigación han permitido descubrir que no existe un modelo ideal de microbiota universal.
Cada persona alberga una comunidad microbiana única, moldeada por su genética, su entorno y su historia vital.
Aun así, las personas sanas comparten tres características esenciales:
equilibrio, diversidad y resiliencia.
Estos tres factores determinan la capacidad del microbioma para resistir infecciones, regular el sistema inmunitario y mantener el metabolismo en armonía.
Los mil primeros días de vida: el origen del ecosistema intestinal
Los mil primeros días —desde la concepción hasta los dos años de edad— son el periodo más decisivo para el establecimiento del microbioma.
El parto vaginal transmite al bebé su primera carga microbiana: millones de bacterias que fundan la base de su sistema inmunitario.
Después, la lactancia materna, la alimentación natural y el contacto con el entorno amplían esa biodiversidad inicial.
Cuando ese proceso se altera —por una cesárea programada, una alimentación artificial o el uso continuado de antibióticos— el equilibrio microbiano se rompe, aumentando el riesgo de desarrollar enfermedades como asma, alergias, obesidad o trastornos autoinmunes más adelante.
“La microbiota se construye como una ciudad viva. Si sus cimientos se debilitan, todo el sistema se tambalea”, explican los expertos.
1.200 especies en el intestino (y muchas más perdidas)
En promedio, cada persona alberga unas 1.200 especies de microorganismos intestinales.
Puede parecer mucho, pero es mucho menos de lo que conservan comunidades humanas con estilos de vida más tradicionales.
Un ejemplo asombroso son los yanomami de Venezuela, un pueblo indígena que vivió completamente aislado hasta 2016, cuando un fotógrafo los descubrió accidentalmente en la selva amazónica.
Entre los primeros científicos que los estudiaron estuvo María Gloria Domínguez Bello, microbióloga venezolana de la Universidad Rutgers (EE. UU.), quien recogió centenares de muestras fecales y reveló que los yanomami poseen unas 1.600 especies bacterianas distintas, muchas de ellas desconocidas.
“Son bacterias que el resto de la humanidad ya ha perdido para siempre”, afirma Domínguez Bello.
La pérdida invisible: un drama de la civilización moderna
La microbióloga sostiene que, en apenas siete décadas, el estilo de vida occidental —urbano, estresado y dominado por alimentos ultraprocesados— ha causado una pérdida masiva de biodiversidad intestinal.
Antibióticos, exceso de higiene, contaminación y dieta industrializada han empobrecido nuestra flora hasta niveles críticos.
Ante esta situación, Domínguez Bello propone crear una “arca de Noé microbiana”, una colección mundial de bacterias humanas que preserve cepas en peligro de extinción antes de que desaparezcan sin que sepamos para qué servían.
Mientras tanto, los avances en biobancos de heces y trasplantes de microbiota fecal abren nuevas vías de tratamiento. Hoy existen terapias experimentales en las que la microbiota donante se transfiere al paciente por colonoscopia o en cápsulas liofilizadas, con resultados prometedores en infecciones intestinales y enfermedades metabólicas.
Un mapa global de bacterias: la investigación de Trento
En Europa, el proyecto más ambicioso de cartografía microbiana se desarrolla en el Centro de Biología Celular, Computacional e Integrativa (CIBIO) de la Universidad de Trento (Italia), bajo la dirección de la microbióloga computacional Mireia Valles Colomer.
Su equipo está elaborando un “árbol genealógico” de bacterias humanas, rastreando cómo las adquirimos, las perdemos y las intercambiamos a lo largo de la vida.
En 2023 publicaron el mayor estudio de este tipo, analizando más de 1.000 muestras de saliva y heces procedentes de 20 países.
“Queríamos incluir estilos de vida distintos a los occidentales”, explica Valles Colomer.
“Recibimos muestras desde Ghana y Tanzania, incluso de animales que convivían con las familias: cabras, ovejas, vacas o cerdos.”
El objetivo: comprender cómo el contacto con el entorno y los animales domésticos enriquece la microbiota y protege frente a enfermedades.
Microbios que se heredan, se pierden y se comparten
Los resultados del estudio fueron reveladores.
Aunque la primera transferencia de microbios es de madre a hijo, a lo largo de la vida seguimos intercambiando bacterias con quienes nos rodean, con los animales y con el medio ambiente.
El equipo de Trento, tras analizar el metagenoma bacteriano, identificó nuevas especies nunca antes descritas y trazó un mapa global del microbioma humano.
“Necesitamos una microbiota cuanto más diversa, mejor”, resume la investigadora. “El intercambio constante con el entorno es esencial para mantenerla sana.”
Una biodiversidad que también depende de nosotros
La erosión del microbioma humano refleja, en miniatura, la pérdida de biodiversidad global.
Cuidar nuestra salud intestinal es también un acto ecológico: proteger las bacterias que habitan dentro de nosotros significa preservar un ecosistema del que dependemos para sobrevivir.
Porque, al fin y al cabo, somos una alianza entre células humanas y microbianas, una simbiosis que lleva millones de años sosteniendo la vida.
Y si queremos seguir evolucionando, quizá debamos empezar por reconciliarnos con ese universo invisible que late en nuestras entrañas.
Si te interesa entender mejor cómo funciona tu eje intestino-cerebro, o sospechas que tu bienestar emocional y digestivo están conectados, puedo acompañarte a explorar esa relación. En la primera consulta revisamos tus hábitos, tu alimentación y las señales de tu cuerpo para identificar qué necesita tu microbiota para recuperar el equilibrio.
No se trata de hacer dietas ni de seguir modas, sino de escuchar al cuerpo con calma y devolverle su capacidad natural de autorregulación.