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Cómo funcionan las bacterias intestinales que protegen nuestra salud

Cada vez comprendemos mejor que nuestra salud no depende solo de lo que comemos o de los genes que heredamos, sino también de ese universo invisible que habita dentro de nosotros. En los últimos años, la ciencia ha demostrado que las bacterias intestinales influyen en nuestra mente, nuestras defensas, el metabolismo e incluso en cómo envejecemos. Para mí, como dietista especializada en Psiconeuroinmunología (PNI), este enfoque ha cambiado por completo la forma de entender el cuerpo: ya no veo órganos aislados, sino sistemas que se comunican entre sí a través de la microbiota.

Aprender a cuidar este ecosistema interno no es una moda: es una forma de reconectar con lo esencial, de devolver al cuerpo la capacidad de autorregularse y sanar.

El estudio de las bacterias intestinales vive un auténtico boom en todo el mundo y está abriendo nuevas vías para tratar enfermedades tan diversas como los trastornos mentales, la obesidad, la diabetes, el alzhéimer, el párkinson e incluso algunos tipos de cáncer.

Un universo invisible en nuestro interior

Nuestro cuerpo alberga billones de bacterias.
Cuando John Cryan estudiaba bioquímica en la universidad, jamás imaginó que acabaría trabajando rodeado de heces congeladas y que con ese peculiar material intentaría curar la depresión y la ansiedad. Este investigador irlandés, de aspecto afable y risa contagiosa, siempre ha estado obsesionado por comprender cómo funciona el cerebro y por qué determinadas moléculas —como una hormona o un neurotransmisor— pueden alterar su delicado equilibrio y provocar trastornos mentales.

“He perseguido incansablemente despejar una eterna incógnita: cómo responde el cerebro al estrés”, explica desde su despacho en el Instituto del Microbioma APC del University College de Cork (Irlanda).

En un principio, Cryan intentó responder a esta pregunta desde la farmacología, estudiando cómo los antidepresivos más comunes actuaban sobre el sistema nervioso central. Pero una serie de avances científicos, acompañados de una dosis de casualidad, lo llevaron a mirar hacia el intestino. Allí formó equipo con Ted Dinan, psiquiatra de su misma universidad, igualmente interesado en comprender qué ocurría en la mente de sus pacientes ante situaciones de estrés.

Juntos comenzaron a trabajar con esas muestras congeladas —las heces—. De esa colaboración científica se cumplen ya 25 años.

Cuando el estrés también afecta al intestino

Cuando Cryan y Dinan se consolidaron como pareja de hecho científica, se acababa de descubrir que el estrés no es solo un fenómeno psicológico, sino un síndrome que afecta a todo el organismo, y que el sistema inmunitario también sufre sus efectos. Ese hallazgo abrió una nueva línea de investigación sobre cómo interactúan y se comunican el cerebro y nuestras defensas.

“Ted llevaba media vida tratando pacientes en el hospital y yo era un científico básico. Pensamos que unir fuerzas nos permitiría desarrollar estrategias aplicables en la clínica”, recuerda Cryan.

Pocos minutos después, Dinan se une a la videollamada. Verlos conversar deja claro que, tras un cuarto de siglo, siguen siendo complementarios. Completa la frase de su colega con naturalidad:

“También empezábamos a ver que algunos trastornos ocasionados por el estrés, como el síndrome del colon irritable, afectaban al intestino y estaban relacionados con cambios en la microbiota”.

Por eso comenzaron a recolectar heces, primero de ratones y luego humanas, para identificar qué microorganismos habitaban en las profundidades del intestino y cuál era su papel en la salud mental y el bienestar emocional.

Un órgano olvidado: el ecosistema microbiano

Cuesta creer que, hasta hace apenas veinte años, se supiera tan poco de los 40 billones de microbios que albergamos en nuestro organismo. Hongos, levaduras, virus, arqueas y, sobre todo, bacterias, pueblan todas las superficies del cuerpo: boca, nariz, ojos, piel, vías respiratorias y tracto urogenital.

Sin embargo, la inmensa mayoría se concentra en el colon, el último tramo del intestino grueso. Desde allí, estos diminutos habitantes actúan casi como un órgano autónomo, desempeñando funciones cruciales para la vida: digerir alimentos, extraer energía, fabricar vitaminas y moléculas esenciales y entrenar al sistema inmunitario.

Gracias a las nuevas tecnologías de secuenciación genética, hoy podemos identificar con precisión qué microbios viven en el intestino y qué funciones realizan. Incluso se ha comprobado que este ejército microscópico tiene el poder de “encender” o “apagar” determinados genes, influyendo en procesos metabólicos e inmunitarios.

La revolución del estudio de la microbiota

El conocimiento sobre la microbiota intestinal se encuentra en plena efervescencia.
La magnitud del avance se refleja en las cifras: mientras que en 1980 solo se publicaron 11 estudios sobre el tema en todo el mundo, en 2018 se superaron los 13.000, y el número sigue aumentando de forma exponencial en los últimos años.

Los científicos han explorado ya la relación entre la microbiota y prácticamente todas las enfermedades humanas conocidas: cáncer, diabetes, obesidad, lupus, hígado graso, malnutrición, autismo, esclerosis múltiple, alzhéimer, depresión o asma, entre otras. Incluso se han hallado vínculos con aspectos como la longevidad, la calidad del sueño o el rendimiento deportivo. Todo parece indicar que nuestro bienestar depende, en buena parte, de estos okupas intestinales.

El eje intestino-cerebro: un diálogo constante

El eje intestino-cerebro, descrito por primera vez en el siglo XVIII por el médico francés Marie François Xavier Bichat, es una red de comunicación bidireccional en la que intervienen los sistemas nervioso, inmunitario y endocrino. El intestino no solo responde a las señales del cerebro: también envía información mediante neurotransmisores, hormonas y metabolitos que pueden influir en el estado de ánimo, el estrés o la cognición.

Hoy sabemos que cerebro e intestino forman un eje interconectado: se influencian mutuamente y comparten mensajeros químicos. Por eso, un desequilibrio en la microbiota puede repercutir en la salud mental, del mismo modo que un episodio de estrés prolongado puede alterar el equilibrio microbiano.

Un ecosistema único en cada persona

El conjunto de microbios —bacterias, levaduras, virus, arqueas y hongos— se desarrolla desde el momento del parto y es único para cada individuo. La forma de nacer (parto vaginal o cesárea), la lactancia, la dieta, los antibióticos y el entorno influyen en su composición.

Esa microbiota cumple un papel decisivo en nuestra salud desde los primeros días de vida y sigue evolucionando con nosotros. De su equilibrio depende buena parte del funcionamiento de nuestro sistema inmunitario y metabólico.

La nueva frontera de la medicina

El interés por el papel de la microbiota va mucho más allá de la salud digestiva. Hoy se investiga cómo los microorganismos que habitan en el intestino podrían contribuir a prevenir, diagnosticar o tratar enfermedades tan complejas como el cáncer, especialmente el de páncreas y de colon.

La idea de que los microbios que llevamos dentro influyen en nuestro destino biológico está transformando la medicina. Ya no se trata solo de combatir patógenos, sino de aprender a convivir y cooperar con ellos.

El estudio de la microbiota intestinal no solo está revolucionando nuestra comprensión del cuerpo humano: está redefiniendo lo que significa estar vivo. Somos, en esencia, un ecosistema en equilibrio constante, donde las bacterias que nos habitan pueden ser nuestras mejores aliadas.

Si después de leer este artículo sientes curiosidad por entender tu microbiota, por saber cómo cuidarla, protegerla y mejorar tu salud digestiva, hormonal o emocional, puedo acompañarte en ese proceso. En la primera consulta revisamos tu historia, tus hábitos y señales del cuerpo para empezar a construir, desde lo cotidiano, una base sólida de bienestar. Sin prisas, sin juicios, y con la ciencia como guía.

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